Después de años de seguir el ritual, ese 1° de agosto no tomó caña con ruda. El espectro que la acompañaba desde siempre a una distancia prudente, espectante, tomó la oportunidad y la tomó como un vaso de agua a la mañana: se le metió en el cuerpo durante el día, sutilmente, por partes, para que no fuera tan brusco y ella no lo notara. Como una lombriz entre sus órganos, se acomodó en su nuevo hogar.
Ella lo sintió cuando salió de su casa y, para su sorpresa, no quiso estar en ningún lugar que no fuera adentro, pero esta vez era distinto. Sentía la obligación de quedarse adentro, de refugiarse en una cueva húmeda o comer quizá esa naranja pasada que hacía días estaba arriba de la mesa. No moverse más de lo estrictamente necesario, soltar todo el aire que tenía adentro y no volver a inhalar.